Opinión|03 de septiembre de 2022

El adios a Gorbachov: un socialista que entendió el mundo

Una reflexión con despedida a quien trajo paz al mundo de los '90.

Por

David Aguirre

Politica Hoy

La guerra de Ucrania ha reavivado la pesadilla de una guerra nuclear y paisajes postapocalípticos, temores que habían pegado fuerte por última vez a mediados de los '80 del siglo pasado. Durante mucho tiempo no se habló de refugios subterráneos ni de misiles intercontinentales, megatones, destrucción mutua asegurada, lluvia radioactiva. Películas como Juegos de Guerra (1983) y Cuando sopla el viento (1986) expresan esa angustia, que se nos contagió incluso a quienes veíamos todo desde muy lejos y sin entender mucho de política internacional.

 

A los occidentales nos resulta chocante lo poco que se quiere en su propio país a Mijail Gorbachov, protagonista de aquellos años decisivos, que murió este martes a los 91 años. Para los soviéticos fue una muy breve ráfaga de esperanza que se transformó en una crisis aún mayor y en el colapso final de todo un sistema.

 

Conocemos de afuera el horror del totalitarismo y los desastres de la economía planificada, un sistema que aseguraba una subsistencia básica (salud, educación, alimentación), reprimía cualquier cuestionamiento o disidencia, aislaba a su población del mundo exterior y además le proporcionaba un relato de grandeza, el de la potencia planetaria a la altura de los Estados Unidos y el mundo capitalista, debía salir airoso de cualquier problema con tan solo algunas correcciones de rumbo.

 

Gorbachov no era un reformista audaz y a pesar de representar, en su momento, una nueva generación de dirigentes, tampoco escapaba a la media de un colectivo abrumadoramente homogéneo y conservador. Estaba convencido de que se podía llevar al socialismo de vuelta a su esplendor con solo un mínimo compromiso de reestructuración (perestroika) y transparencia (glasnost).

 

Pero las tensiones internas y externas fueron implacables y cada uno de los pilares que mantenían el relato en pie terminaron cayendo y arrastrando cada vez más rápido y desordenadamente al resto. La caída fue violenta, vertiginosa y desordenada. 

 

El ruso, como el resto de los ciudadanos detrás de la cortina de hierro, súbitamente se encontró sin contención alguna. Y sin ningún relato, completamente abandonado a sus medios. Tampoco había más salida que el desarme y la paz con Estados Unidos. La expansión y la ayuda a aliados externos, propagadores del socialismo en el tercer mundo, era imposible y la continuación de la carrera armamentista, un delirio.

 

Pero aquí se pudo haber decidido lo peor. Así como una firme apuesta por la continuidad del socialismo se tradujo en reformas de la economía vacilantes y a la larga costosas, una firme apuesta por la paz permitió alejar el horror de un enfrentamiento final. Y esto no le aseguró la simpatía de un sector militar ruso extremadamente sobrevalorado. 

 

Perdido por perdido, Gorbachov pudo haber elegido seguir confrontando y llevar el conflicto al límite. Pudo haber calculado, que hasta cierto punto, ese conflicto le permitiría presionar al resto de la comunidad para conseguir beneficios que le permitieran sortear la crisis económica. Eso fue lo que no ocurrió, afortunadamente.

 

El proyecto ultranacionalista de Vladimir Putin no fantasea con la abolición de la propiedad privada ni plantea la planificación de la economía, sino que aprovecha el aura de esplendor de la vieja Unión Soviética, su temible arsenal nuclear y su correspondiente know how; no encuentra la manera de sobresalir económicamente como China. A diferencia de China, que ha cambiado el rumbo, se ha trazado un plan y lo sigue minuciosamente, Rusia hoy continúa improvisando y así es como volvemos a revivir aquellas pesadillas de los 80.