Fuertes críticas a Trump|07 de enero de 2022

Francis Fukuyama: "La toma del Capitolio hizo que el mundo deje de mirarnos"

El renombrado autor de "La tesis del fin de la historia" tildó a Trump de "demagogo miope" y alertó: "La decadencia del modelo norteamericano lleva un buen tiempo".

Por redacción

*Nota de opinión escrita para The New York Times. Traducción de Jaime Arrambide.

 

 

La toma del Congreso de Estados Unidos el 6 de enero de 2021 por parte de una turba fogoneada por Donald Trump marcó un ominoso precedente para la política norteamericana. Desde su Guerra Civil que el país no tenía problemas para realizar una transferencia pacífica del poder, y nunca un candidato se había negado deliberadamente a reconocer los resultados frente a tan amplia evidencia de que las elecciones habían sido libres y justas.

 

Los eventos de aquel día siguen repercutiendo en la política norteamericana, pero sus efectos no son solo de orden interno. También han tenido un enorme impacto internacional, y marcan un deterioro significativo del poderío y la influencia global de Estados Unidos.

 

El 6 de enero de 2021 debe ser analizado sobre el telón de fondo de una crisis global más amplia de las democracias liberales. Según el informe 2021 sobre libertad en el mundo de Freedom House, la democracia viene en caída libre desde hace 15 años consecutivos, y algunos de los reveses más fuertes los han sufrido las dos mayores democracias del mundo en términos poblacionales: Estados Unidos y la India. Desde la difusión de ese informe, además, se sucedieron golpes de Estado en Myanmar, Túnez y Sudán, que previamente habían dado pasos prometedores en la dirección de la democracia.

 

El mundo venía experimentando un gran crecimiento del número de democracias, de alrededor de 35 a principios de la década de 1970 a más de 110 al momento de la crisis financiera de 2008. Estados Unidos fue crucial para lo que se denominó la “tercera ola democratizadora”: garantizó seguridad a sus aliados democráticos de Europa y Asia Oriental, y lideró una economía global cada vez más integrada, que durante eseperíodo- cuadruplicósuvolumen.

 

Pero la democracia global estaba cimentada en el éxito y la durabilidad de la democracia en el propio Estados Unidos, lo que el politólogo Joseph Nye denomina como “el poder blando” norteamericano. La democracia de Estados Unidos era un ejemplo a seguir para habitantes de todo el mundo, desde los estudiantes en la Plaza de Tiananmen en 1989, hasta los manifestantes que lideraron las “revoluciones de colores” en Europa y Medio Oriente.

 

El declive de la democracia en todo el mundo es impulsado por fuerzas complejas. Millones de personas se sintieron excluidas al no poder seguirles el paso a la globalización y la transformación económica mundial, y ha surgido una enorme división cultural entre los profesionales urbanos altamente capacitados y los residentes de pueblos más pequeños y con valores más tradicionales. El auge de internet debilitó el control de la información que tenían las élites.

 

Así que el mundo es muy diferente de lo que era hace aproximadamente 30 años, cuando colapsó la Unión Soviética. Había dos factores claves que en ese momento subestimé: primero, lo difícil que es crear no solo una democracia, sino un Estado moderno, imparcial y sin corrupción; y segundo, la posibilidad de que las democracias avanzadas sufrieran su propio deterioro.

 

La decadencia del modelo norteamericano ya lleva un buen tiempo.

A partir de mediados de la década de 1990, la política de ese país se fue polarizando cada vez más y está sujeta a un estancamiento constante. Las instituciones estadounidenses tenían problemas claros, y además el país parecía incapaz de reformarse a sí mismo. De los períodos anteriores de crisis, como la Guerra Civil y la Gran Depresión, surgieron líderes con visión de futuro y creadores de instituciones. Pero no fue así en las primeras décadas del siglo XXI, cuando a los políticos les tocó presidir dos catástrofes –la Guerra de Irak y la crisis financiera de 2008– y luego parieron a un demagogo miope que fogoneaba el surgimiento de un movimiento populista de indignados.

 

 

Mancha

Hasta el 6 de enero, uno podría haber analizado esa evolución a través de la lente de la política estadounidense tradicional. Pero la insurgencia en el Capitolio marcó el momento en que una minoría significativa de estadounidenses se mostró dispuesta a volverse contra la democracia y a usar la violencia para alcanzar sus fines. Lo que convierte los incidentes de ese día en una mancha (y una tensión) particularmente alarmante para la democracia estadounidense es que el Partido Republicano, lejos de repudiar a quienes fogonearon y participaron del levantamiento, buscó normalizarlo y purgar de sus propias filas a quienes estaban dispuestos a decir la verdad sobre las elecciones de 2020 de cara al 2024, cuando Trump podría buscar un nuevo mandato.

 

El impacto de esos hechos sigue repercutiendo en el tablero mundial. A lo largo de los años, líderes autoritarios como Vladimir Putin y Aleksander Lukashenko han tratado de manipular los resultados de las elecciones. Con sus críticas al funcionamiento del sistema de votación de Brasil, el presidente Jair Bolsonaro ya se está ocupando se sentar las bases para luego impugnar las elecciones de este año, así como antes de las de 2020 Trump dedicó bastante tiempo a socavar la confianza de los norteamericanos en el servicio postal y los votos enviados por correo.

 

Antes del 6 de enero de 2021, ese tipo de payasadas habrían sido consideradas típicas de democracias jóvenes y poco consolidadas, y Estados Unidos habría levantado el dedo en señal de reprobación. Pero ahora que sucedió en la propia democracia norteamericana, la credibilidad del país a la hora de defender un modelo de buenas prácticas democráticas quedó hecha trizas.

 

La mayor debilidad de Estados Unidos hoy radica en sus divisiones internas. Los gurúes del conservadurismo viajaron a la Hungría antiliberal para buscar un modelo alternativo, y un creciente y alarmante número de republicanos considera que los demócratas representan una amenaza mayor que Rusia.

 

Estados Unidos conserva un ingente poderío económico y militar, pero esa fuerza resulta inutilizable sin un consenso político interno sobre el rol del país en el plano internacional. Si los estadounidenses dejan de creer en una sociedad abierta, tolerante y liberal, su capacidad de innovación y liderazgo como principal potencia del mundo también disminuirá. El 6 de enero de 2021 selló y profundizó las divisiones en el seno de Estados Unidos, y por eso sus consecuencias se harán sentir en todo el mundo durante muchos años.