Opinión|15 de agosto de 2022

La gestión pública local para cambiar realidades

No se puede gobernar a base de intuición y buena voluntad

Por

Santiago Novoa

Director de la Escuela de Gobierno del Instituto IDEAS

Entre quienes entendemos la política como un acto de entrega, sacrificio y promoción del bienestar general, asegurando los beneficios de la libertad, resulta frecuente coincidir en la importancia de las gestiones locales como primer y más cercano vínculo con la ciudadanía.

 

Partiendo de esta premisa, el papel que cumplen las dirigencias locales (tanto en el ámbito ejecutivo como en el legislativo) es fundamental e irremplazable. Para bien y para mal.

 

Estas responsabilidades no se limitan a la poda de árboles y al mantenimiento de la iluminación. La Gestión Pública Local también abarca, entre otras cosas, seguridad, educación y salud. El deterioro de estas instituciones es, en primerísima instancia, culpa de las malas gestiones locales, de malos o mediocres políticos. De igual manera, las Gestiones Locales son (o debieran ser) intermediarios entre estas necesidades de los habitantes de sus municipios y el Gobierno Provincial.

 

Hablamos del famoso “que los impuestos vuelvan a la gente”. Una buena y justa administración de la cosa pública redunda en una mejor calidad de vida de los vecinos. El Estado en todos y cada uno de sus niveles debe ser un generador de valor; ahí donde no genera valor está generando disvalor… donde no suma, resta.

 

Pero así como es responsabilidad del funcionario la administración de los recursos, es deber del ciudadano exigir y controlar esa administración a través de las herramientas de participación ciudadana disponibles. Decir NO, claro y en voz alta cuando su dinero se gasta de manera irresponsable, cuando se vulneran sus derechos, cuando el Estado derrocha en donde no corresponde, toda vez que descuida sus obligaciones y se dedica a la demagogia.

 

El buen funcionario siempre debe ser consciente del honor que detenta la confianza y responsabilidades que en él se depositan. Debe ser una persona de virtus que anteponga el bien común sobre el propio.

 

Es nuestro deber prepararnos y ser nuestra mejor versión para cada lugar que debamos ocupar en la vida pública; cada funcionario debe agregar valor, aportar algo a la sociedad a la que sirve y que esta no puede realizarlo por sí misma. La buena voluntad y la intuición no pueden ser la fórmula para el desarrollo del país.