Opinión|17 de agosto de 2022

Retener el bastión

El peronismo se enfrenta a un posible deshielo de su histórica representatividad, donde la Provincia de Buenos Aires es el escenario principal.

Por

Juan Yannuzzi

Política Hoy

El peronismo supo sobrevivir a más crisis que cualquier otra formación partidaria argentina. Sea por causas internas o externas, ha sabido sobrellevar lo que muchos vaticinaron como un deshielo total del sistema de partidos. Las causas exógenas son mayormente fruto de la proscripción y las interrupciones democráticas, de las cuales a florecido a partir de la memoria de su sujeto político. En cuanto a sus crisis endógenas, el peronismo carga en su haber, por responsabilidad directa o indirecta, algunas de las grandes turbulencias de la historia nacional.

 

La coyuntura actual sin duda entrará en el libro negro de las experiencias peronistas. Estamos encaminados hacia la inflación más alta de las últimas dos décadas, con una brecha cambiaria alcanzando porcentajes récord, debilidad parlamentaria y una gestión golpeada por los tiras y aflojes de una coalición atada con alambres. Con este panorama cualquier partido o movimiento temería de verse frente a su final, sin embargo, no solamente el peronismo tiene experiencias de renacimiento, sino que su histórico antagónico puede tener aun guía de acción de referencia. 

 

El radicalismo supo levantarse después del 89 y del 2001. Hoy el partido que parecía condenado a perder su lugar en la política nacional pelea el liderazgo de la coalición opositora con candidaturas competitivas en casi todas las provincias del país. La crisis actual conjuga las consecuencias de eventos externos y un desmanejo de los asuntos internos. El resultado de esto le ha conseguido al gobierno peronista la expectativa de una salida adelantada y lo que en el pasado parecía imposible: una caída irremontable.

 

El 2001 fue interpretado tanto como una crisis de, y en, la democracia. Al operacionalizar ese concepto, se ve que esa catástrofe social no tuvo como consecuencia un deshielo total del sistema de partidos. El peronismo, aunque reconfigurado, logró sobrevivir al descredito hacia la política, cosechando en sus diversas expresiones su histórico 60% del electorado. El radicalismo, por su parte, pasó del 48% en el 99 al 2% en el 2003.

 

Para el peronismo la Provincia de Buenos Aires siempre fue determinante para sus victorias, y por ende también para sus derrotas. Esto puede parecer una redundancia, dado que por sumar casi el 40% del padrón nacional, es el escenario principal para cualquier partido. Sin embargo, allí reside el sujeto fundamental del movimiento peronista. El descamisado justicialista tiene su paradigmática localización geográfica en el Gran Buenos Aires, y fueron fundamentalmente esos millones de votantes los que han ungido a las formulas justicialistas en nuestro período democrático.

 

El kirchnerismo ha potenciado esta cualidad histórica del movimiento. Desde su aparición en la política nacional siempre ha salido primero en Buenos Aires en las elecciones presidenciales. Más allá de las derrotas en intermedias, después de ser votado por un cuarto de los electores bonaerenses en 2003 ha logrado establecerse en un promedio de 47%, con máximo de 56% en el 2011 y mínimo de 37% en 2015.

 

Hoy ese promedio está en peligro y su piso resquebrajando. Frente al peligro de una derrota masiva a los largo del país, la mejor idea para el kirchnerismo es focalizar en su bastión. En este contexto los intendentes del conurbano y sobre todo de la tercera sección tienen un rol fundamental. Es lógico entonces que la contención de la situación social en el conglomerado con mayor densidad y vulnerabilidad sea la prioridad para los cuadros del kirchnerismo, aunque ello los lleve a enemistarse con el gobierno nacional. Hoy la izquierda peronista se afianza en el conurbano con un discurso opositor al Presidente aunque utilizando cada uno de los programas de asistencia que este les brinda.

 

Ya casi descartada la idea de retener el Poder Ejecutivo Nacional, el kirchnerismo tratará de sobrevivir. Su oportunidad para mantener un lugar en la política federal está en Buenos Aires, y sobre todo en la tercera sección. No debe extrañarnos que el año que resta hasta las nuevas presidenciales las prioridades se dividan entre contener al dólar, la inflación y sobre todo al conurbano.