Opinión|11 de abril de 2022

Superando el “síndrome Kosteki-Santillán-Fuentealba”

Un síndrome por el cual los gobernantes se paralizan ante determinadas protestas sociales, de esas que tienen la curiosa característica de perjudicar a todos aquellos que NO tienen nada que ver con el problema por el cual se protesta. 

Por Roberto Perez

No se trata de un padecimiento físico (pero sí); cuando se invente una cura para él, quien la cree debería recibir un premio Nobel (aunque no lo hay de esa especialidad, porque no hablamos de problemas médicos); es una especie de trauma psíquico que no parece poder ser resuelto por psiquiatra alguno (y lo peor es que quienes lo sufren no estarían haciendo nada por superarlo, y sabemos que lo primero que hay que hacer para solucionar un problema es reconocerlo). 

 

Hablamos de lo que dice el título: un síndrome por el cual los gobernantes se paralizan ante determinadas protestas sociales de esas que tienen la curiosa característica de perjudicar a todos aquellos que NO tienen nada que ver con el problema por el cual se protesta. 

 

Por ejemplo: Gran lío frente al Congreso por el acuerdo con el FMI; reciben un castigo las paredes y ventanales del monumento arquitectónico nacional, los transeúntes y trabajadores que ven alteradas sus actividades y recorridos, y los policías que siempre ligan (especialmente ese al que casi queman vivo con una molotov) y obviamente los contribuyentes porteños, a quienes el chiste les costó 9 millones de pesos. Ni Alberto Fernández ni Martín Guzmán y mucho menos Kristalina Gueorguieva sufrieron perjuicio alguno. 

 

Otra: algunos insisten en que la delincuente multi condenada Milagro Sala es una “presa política”, y (¡Oh coincidencia!... pero no vamos a tejer teorías conspiranoicas con eso porque no da) justo cuando el Gobernador de Jujuy y mandamás de la UCR se desmarca totalmente de Macri y quiere probarse en la carrera por el premio mayor 2023, se arma una movida en reclamo por la libertad de los “presos políticos” de esa provincia y colapsan la 9 de Julio desde el obelisco hasta Santa Fe para ir a carajear a la Casa de Jujuy en Buenos Aires. Los quiosqueros de esa coqueta avenida, los oficinistas de la zona y los repartidores de mercaderías varias, encantados de participar en la algarada popular para protestar por lo que sucede a 1520 kilómetros de distancia… ¿o no? 

 

Una más: La escuálida y parasitada gran caja nacional está agotada de tanto gasto público “inelástico” (dicen, habría que ver…) y sus “responsables” (¿?) no pueden dar un peso mas de los muchos que ya otorgan en concepto de ayudas sociales. Pues entonces, y guiados por nuestros iluminados gerentes de la pobre… no, nuestros dirigentes, nos tumbamos por 48 horas a lo largo de 12 cuadras de la mayor avenida del país, colapsándola con Metrobus y todo, mediante carpas, víveres, ómnibus y muchos niños, en la seguridad de que los taxistas, los repartidores de delivery y los dueños de bares en muchas cuadras a la redonda serán amorosamente solidarios con nosotros… bueno, tal vez. 

 

Entonces, es bueno preguntarse cómo y por qué nada de esto puede evitarse; es por lo que menciono en el título (no me hagan escribirlo de nuevo porque es muy largo): se trata de la tara que sufre nuestra clase política desde junio de 2002, cuando en un sangriento episodio represivo ocurrido durante un gobierno peronista perdieron la vida los dirigentes piqueteros Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. Luego, en abril de 2007 es abatido en Neuquén el docente Carlos Fuentealba durante una protesta, a manos de la policía del gobierno de un partido provincial históricamente aliado al peronismo. 

 

Esos episodios han calado hondo en el ánimo de la casta política que supimos conseguir, y sus gastados integrantes parecen dispuestos a dejarse arrancar brazos y piernas en modo Tupac Amaru con tal de no de reprimir (¡Oh diabólica palabreja propia de infames derechosos neoliberales!) una “protesta popular”, al menos esas que no están auspiciadas por ellos mismos, que no son pocas. Y al mismo tiempo, gracias a unas fuerzas liberales que en escasos meses han “marcado la agenda” nacional de un modo que no veíamos desde fines de los 80’ con la UCD de Álvaro Alsogaray para una tercera fuerza, se anotician de que los ciudadanos comunes están absolutamente hartos de ser el jamón del sándwich en peleas que no le son propias. 

 

Digamos que nuestros dirigentes padecen una especie de estrés postraumático por esos ya lejanos y fatales episodios, y se paralizan cuando debieran actuar. Es una pavura patológica a que se produzca otro muerto, otro crimen, otro mártir en una protesta popular, y no por amor al derecho constitucional a manifestarse. Es que el asesinato de los piqueteros le costó el gobierno a Eduardo Duhalde, y el del maestro neuquino arrastra consecuencias hasta el día de hoy, a 15 años, cuando se ha reabierto la causa en busca del “autor intelectual” del crimen (por no decir del gobernador de entonces) estando ya condenado el policía que fuera autor material. 

 

Entonces, han quedado atrapados en un dilema de hierro: no reprimirán protesta alguna por la triple incapacidad que les causa el síndrome: No pueden, no saben, no quieren. Y a la vez están compelidos por la opinión pública (y la opinión publicada) a hacer algo al respecto, porque ya nadie aguanta esta situación, que empeorará no solo por la parálisis que causa el terror a que haya victimas sino también porque el corrosivo déficit fiscal que generan los gobiernos acelera la inflación y por lo tanto crea mas pobres, que salen a protestar con mayor frecuencia y virulencia. 

 

Nadie pone “orden” (ya esa pequeña palabrita les produce urticaria) pero algo tienen que hacer. Entonces recurren a lo único que les sale fluidamente: el “relato”, echarles la culpa a otros, mentir, poner parches y todo lo que termina siendo igual a querer apagar un incendio con nafta. Esto seguirá así y peor porque el síndrome es implacable, y quienes lo padecen (y gobiernan) no tienen el remedio; por el contrario, a esta altura, ellos mismos son la enfermedad. Para hallar una solución hay que reemplazarlos.