Opinión|25 de abril de 2022

Un clásico vigente y otra que alguna vez podría serlo

El "Manual del perfecto idiota latinoamericano" explica mucho de nuestra realidad, entre el progreso y el progresismo que lejos está del futuro.

Por Roberto Perez

Se trata de uno de esos textos que deberían tener su lugar en los planes de estudios de las universidades de ciencias humanísticas, los que por desgracia están copados con libelos que solo enseñan a fracasar a individuos y naciones. 

 

Es ni más ni menos que el “Manual del perfecto idiota latinoamericano” libro de Carlos Alberto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas Llosa, editado en 1996; un verdadero compendio de las tonterías que nos han signado durante décadas en toda Latinoamérica. Las enumera con precisión quirúrgica y las desmenuza con un humor desopilante y la crueldad justa y necesaria. 

 

Cambiando unos pocos nombres y circunstancias, tiene la vigencia que confirma y explica incontrastablemente cómo y por qué tantas veces Latinoamérica ha estado al margen de la prosperidad. Hoy, cuando casi todos nuestros países vecinos aprendieron a diferenciar entre lo que funciona y lo que no, en Argentina necesitamos releer las verdades como puños que enaltecen esas páginas. 

 

Queda como recomendación para todos aquellos que deseen entender algo de todo esto que pasa y nos abruma hasta dejarnos impotentes muchas veces. Pero me voy a permitir hacer una paráfrasis solo del título, ya que escribir algo como ese libro, aunque sea remotamente parecido, está lejos de mis menguadas capacidades intelectuales. 

 

“Manual del perfecto progre argentino”

 En realidad, está por escribirse. Pero, dado el espacio con el que cuento, aquí solo expondré unos pocos puntos que bien pueden ser la base esencial para una obra de mayor volumen, de esas que a mí me quedan muy grandes todavía. A esos “progres” a los que haremos referencia, los denominé hace años como “progresitos”, uniendo las palabras “progresista” y “pobrecitos”, no sin un dejo de ternura; porque es cierto que algunos, con su ingenuidad ramplona y bien intencionada ignorancia, causan cierta ternura. 

 

Se trata de ejemplares mayormente jóvenes (aunque hay muchos veteranos también, lo cual es solo explicable por un arraigado rechazo al trabajo) y son esos que creen que gobernar una universidad, por ejemplo, es pegar carteles hechos con el dinero que se recauda haciendo y vendiendo fotocopias o pan relleno; de administrar ni hablemos. 

 

También creen que lo importante en economía es repartir. De producir tampoco hablamos, y menos de la idoneidad que se debe tener para manejar los medios de producción. Ese enojoso asunto lo clausuran con el sencillo trámite de adjudicarle toda responsabilidad al “Estado”, que funciona en sus mentes como una suerte de super entelequia todopoderosa que hará todo y todo bien, aun cuando la experiencia humana demuestra lo contrario con incontables ejemplos. 

 

Igualmente consideran que todo aquel que tiene mucho dinero (y aún cuando no sea tanto) es porque se lo quitó a alguien más. Quien goce de una solida posición económica es visto como un blanco móvil hacia el que disparar enjundiosos proyectiles de “igualdad” discursiva (a falta de otros más “reales”, o a falta de coraje para usarlos) y que los más desfavorecidos tengan lo suyo, lo merezcan o no; porque eso del “merecimiento” es una horrible falacia, propia de la “burguesía” (antes) o del “neoliberalismo” (ahora). Solo han actualizado la denominación, no la idea, que se mantiene tan rancia y equivocada como hace un par de siglos atrás.

 

Otro tema que pinta de cuerpo entero a un miembro de la fauna progrezooide nativa, es su apreciación de nuestras relaciones internacionales. Es fácil caracterizarla: si un país tiene un dictador populista “Nac&Pop”, que denigra el “imperialismo” (norteamericano, los otros no existen para nuestros progresitos) expulsa diplomáticos de naciones democráticas y perjudica de alguna manera a las empresas multinacionales, pues entonces tiene todo el beneplácito de nuestro progre nativo. Poco y nada importa si el dictadorzuelo avasalla los tan llorados “derechos humanos”, si es un corrupto de la peor calaña o si hunde a su pueblo en la miseria. Todo lo que cuenta es que despotrique contra Estados Unidos, madre, tía, abuela y bisabuela de todos los males. 

 

Otra notable característica de nuestro sujeto es que no puede ser encasillado en una sola organización política: los hay en todo el espectro, desde el centro a la izquierda, pasando por las agrupaciones más viejas y nutridas (Justicialismo y radicalismo, por ejemplo) y llegando hasta esos nano partidos de ultra izquierda que son poco más que un sello de goma y una pequeña patota dedicada a ensuciar paredes. Es decir que lo hallamos en diversos estamentos, casi siempre en zonas urbanas. Todos se auto incluyen en el “campo popular”, desnaturalizando la palabra “campo”, desde ya, y orinando el territorio para dejar claro que lo “popular” solo es de ellos, que es ellos mismos, y quien no piense así es un antipopular y por lo tanto un antipatriota. Bien totalitario, obvio.

 

Nuestros progresistas adoran la naturaleza (dicen que el pérfido capitalismo la está aniquilando), aman a la “Pacha Mama” o madre tierra; matarían y se matarían en defensa de los “pueblos originarios” (ex “indios”, ex indígenas y ex “aborígenes”, denominaciones hoy defenestradas por “estigmatizantes” y “discriminatorias”. Es como que cambiaron de razón social) Pero solo “de palabra”, porque viven y pululan en las capitales, sin hacer por esos pueblos y esa Pacha más que ensalzarlos de lejos y utilizarlos como argumentos arrojadizos contra quien ose apenas mencionarlos (no hablemos ya de cuestionarles algo) porque los progres y solo ellos pueden referirse a tales maravillas. ¡Que los asquerosos “neoliberales” (¿?) cómplices de los genocidas antipopulares ni se atrevan a hablar de esas cosas sagradas! Los progres criollos también las tienen escrituradas a su nombre y bajo copyright.

 

Son una manifestación más de nuestra decadencia política, nuestra debacle institucional y nuestras deformidades sociales. Si solo una parte de ellos pudieran entender que Marx no solo está muerto sino que también su pensamiento se encuentra perimido; que Perón y sus ideas tenían origen fascista y fueron responsables de algunos de los peores gobiernos de la historia (de 1974 a 1976, peor que el presente, si cabe, y en buena medida culpables del advenimiento de una espantosa dictadura) y que si pudo mejorar el nivel de vida de las mayorías fue a costa de mutilar libertades y porque sobraba dinero gracias a la segunda guerra mundial; y que “pueblo” son los habitantes de una nación como dice la Real Academia Española y no solo un grupete de ellos… entonces habremos dado un gran paso adelante como sociedad. 

 

Pero es muy poco probable que suceda. Lo más seguro es que sigamos soportando por mucho tiempo más el ruido y la furia de nuestros desmelenados “progresistas” que paradójicamente no representan progreso alguno, sino todo lo contrario.