Opinión|10 de abril de 2022

Vuelven las notas numéricas a las escuelas bonaerenses y hay quienes dudan que sea un cambio para mejor

Lejos de tener un sistema educativo del primer mundo, la Provincia de Buenos Aires vuelve a incorporar los números para calificar a los estudiantes. Sin perder de vista nuestras limitaciones, ¿es el sistema que necesitamos?

Por Tomás Estanislao Dardanelli

Alcanzar un siete, o incluso siendo ambicioso, pelear por el nueve o el diez. Evitar a toda costa un cuatro que amenaza en diciembre. Son situaciones por las que todo argentino (mejor dicho, lamentablemente, casi todo argentino) pasó en sus primeros años, en aquellos en que se transita la escuela primaria y secundaria. Pero esa realidad, hasta hace poco inmodificable, en los últimos dos años cambió.

 

La llegada del Covid-19 y la cuarentena decretada en consecuencia cambiaron completamente las dinámicas sociales de nuestro país. Entre las más significativas se encuentra la educativa. Pensar en la escuela no es solamente tener en mente la educación formal, aprender a leer y a hacer cuentas, implica también contención de grupo, aprendizaje entre pares, herramientas de sociabilización, y en muchos casos, una alimentación más nutritiva que la de casa, y contar con recursos (por ejemplo, tecnológicos), que de otra manera no estarían disponibles. Este gran abanico de beneficios se esfuma cuando se reemplaza el ámbito educativo, por un zoom en el mejor de los casos, por una consigna por WhatsApp en el peor. Así las desigualdades de nuestra sociedad se trasladan a un nuevo ámbito, al que debería ser el igualador por excelencia.

 

Con el argumento de no poder evaluar con una misma escala numérica a chicos con un contexto sumamente heterogéneo, el gobierno nacional, acompañado por todas las provincias decidió en mayo del 2020 suspender las calificaciones. Hoy, dos años después, la provincia de Buenos Aires acude nuevamente a las notas como herramientas pedagógicas, y en palabras de la especialista en educación Laura Lewin, “volvimos a lo conocido que son las notas y muchas veces lo conocido da tranquilidad, cierta estructura”.

 

El objetivo de esta reforma es doble: por un lado, ver a la evaluación como parte del aprendizaje, como acompañamiento de un proceso de adquirir competencias, y por el otro evitar que la deserción escolar sigue en niveles relativamente altos.

Esta medida contrasta con una del país que Argentina, por lo menos desde los años ochenta, toma como referente en políticas públicas relativas a la educación: España. En Real Decreto del 29 de marzo, se establecen los conocimientos clave con las que el estudiante debería contar para pasar de curso. Las notas numéricas dejan de ser la forma de evaluarlo, para ser reemplazadas por los términos Sobresaliente, Notable, Bien, Suficiente e Insuficiente. Se imponen los reportes holísticos, en los que se mide el progreso general del alumno, y no ya la rígida división en materias. Repetir un curso pasa a ser un caso excepcional, reservado a los casos en los cuales los maestros no crean que el alumno pueda seguir aprendiendo el año siguiente de no adquirir las competencias correspondientes al actual. El objetivo de esta reforma es doble: por un lado, ver a la evaluación como parte del aprendizaje, como acompañamiento de un proceso de adquirir competencias, y por el otro evitar que la deserción escolar sigue en niveles relativamente altos.

 

Si el ejemplo español no fuera suficiente, borrar a las notas del sistema educativo es un debate muy presente en la sociedad francesa de hoy, declarando hace unos años el Ministro de Educación de ese país que la nota numérica “no señala si el alumno ha progresado y no indica qué debe hacer el alumno para avanzar”. Suman los reformistas de este país que las calificaciones ayudan a reducir el autoestima de los estudiantes al tiempo que incrementan su estrés. 

 

Pero el ejemplo más icónico de esta nueva tendencia es nada menos que Finlandia, nación cuya educación es más admirada y reconocida que la de cualquier otro lugar. Allí prácticamente no existen ni las calificaciones numéricas estandarizadas, ni los exámenes que tan bien conocemos en nuestro país. El seguimiento personalizado, los informes de evaluación integrales, y la búsqueda de autorregulación del aprendizaje son los pilares del que se conoce como el sistema pedagógico más exitoso del mundo.

 

Hoy, después de dos años, vuelven las notas a los boletines bonaerenses. En el interín, ¿fueron reemplazadas por un seguimiento de estándares finlandeses? Desde ya que no. ¿Podríamos aplicar dinámicas europeas a una población estudiantil con altos niveles de pobreza, desnutrición y deserción? ¿A un sistema educativo con décadas de desinversión, y pocos incentivos para mejorar? Lo más seguro es que la respuesta a este interrogante sea negativa.

 

Pero si algo no nos podemos permitir, es continuar con una mirada de la educación que gravita en la inercia y el conformismo. Poner en duda los mandatos heredados, muchas veces pensados para preparar al ciudadano del siglo XX a los trabajos del siglo XX, y aprender de los países que se han demostrado exitosos en esta materia, sin perder de vista nuestras propias limitaciones, deberían ser dos consignas que quienes piensan la educación de nuestro país no pierdan de vista. Y la ciudadanía alerta, controlándolos en esta labor, no olvidar que, como decía el padre del aula, “todos los problemas son problemas de educación”.