Opinión|15 de mayo de 2022

Y vos… ¿sos Casta?

La Casta Política es una categoría tan usada como imprecisa. ¿Sirve de algo un concepto tan maleable a los intereses de su autor?

Por Juan Yannuzzi

Política Hoy

Nos encanta encasillar, encontrar categorías que nos simplifiquen la comprensión de los fenómenos. En ciencias sociales, la categorización es vital para poder generar conocimiento, y para ello la interpretación es el elemento central. La “Casta Política” es la estrella de los conceptos en Argentina. Su estridencia nos lleva, tanto a los que nos preocupa la actividad como a los más apáticos, a ocuparnos en entender y definir a este flamante concepto.

 

Javier Milei popularizó el termino para englobar a sus enemigos. Fiel al manual populista de la delimitación de la otredad como todo lo negativo, la casta comenzó resumiéndose en “los políticos de siempre”. A medida que la conveniencia electoral lo llevó a acercarse a algunos actores, el estiramiento conceptual se hizo evidente. El esfuerzo por eximir a posibles aliados de la categoría, muchos de ellos políticos vitalicios, hizo que su definición se ponga en disputa y requiera muchas aclaraciones. 

 

La Casta Política en su significado original se asemeja mucho a la categoría weberiana de individuo que vive de la política, en contraposición al que vive para la política. Por supuesto que esto requiere de un juicio valorativo, que complica una categorización seria. Otro camino para su definición es relacionarlo con las personas que buscan ganar un beneficio personal haciendo uso de los recursos públicos. En esta línea estaríamos asemejando el significado al de político corrupto. Hay una acepción que va más allá y puede ser de mayor utilidad que las dos anteriores, una que abarque al grupo específico de personas que, no siendo estrictamente corruptas, usan su posición pública para manipular (de diversas maneras) las preferencias ciudadanas con el fin último de alcanzar o mantenerse en el poder.

 

El problema con esta última definición es que habla del modelo de política “electoral” característico de los gobiernos representativos actuales. La videopolítica y los partidos cath-all (atrapa todo), de los que habla la politología contemporánea, verían a la Casta ni más ni menos que como un sinónimo de los políticos en un mundo globalizado. Entonces, Casta no es una categoría sino que se puede pensar como un atributo del universo de políticos que participan de un sistema cargado de contradicciones. 

 

El invento de la república se fundamentó en la necesidad de desconcentrar el poder y asegurar la mezcla justa entre aristocracia y democracia propuesta por Aristóteles. Así se lograría que el conjunto de personas que gobiernen vele por el bien común. El problema en la evolución de las repúblicas a partir de mediados del siglo XIX fue el surgimiento de los partidos políticos. Estos atentaban contra el espíritu republicano en la medida que se asumieron como defensores de facciones, negando la existencia de una voluntad general. 

 

República para el bien común, manejada por partidos defensores de intereses y elecciones signadas por la influencia mediática son el núcleo de las contradicciones del sistema político, y a la vez de la existencia de controles efectivos contra la concentración de poder. Negar la utilidad del elemento de control y atribuir todos los males a los políticos “corruptos y sectarios” nos lleva a una posición ideológica antisistema, y es allí donde se comprende mejor el concepto de Casta Política.

 

Si el concepto en cuestión define más a la ideología de quien lo usa que a la persona descripta ¿sirve para algo más? Lo cierto que hay practicas políticas que, más allá de la contradicción de nuestro sistema entre los valores republicanos y democráticos, apuntan a dividir a la sociedad con fines estrictamente privados. Ahí encontramos periodistas y políticos que juegan con la información para manipular las preferencias e intereses de los ciudadanos y así aferrarse a sus posiciones de poder.

 

Allí hay una verdadera Casta Política, que no se define por los años de ejercicio en la función pública ni por ser o no corrupto. Se da cuando el individuo se deja llevar por los incentivos de nuestros sistemas representativos e ignora los perjuicios sociales al hacer todo lo necesario para llegar al poder, aunque su consecuencia sea la desintegración de una sociedad.